Viajes

Shanghai en ocho minutos

El olor a tofu frito no hace justicia a la excelsa gastronomía china. Las calles están repletas de restaurantes

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INTERNACIONAL La ciudad más pujante de Asia ofrece ahora, pasada la Expo, un recorrido repleto de vida
MÓNICA GONZÁLEZ Y GALO MARTÍN

Guía práctica

  • Dónde dormir

    Waterhouse Shanghai: Maojiayuan Road, 1-3. waterhouseshanghai.com. Hotel de vanguardia que escapa de las formalidades de lujo. Gran Meliá: Lujiazui Ring Road, 1288. www.gran-melia-shanghai.com. El lugar idóneo para sentirse como en casa. Fairmont Peace: Nanjing Road East 20. www.fairmont.com/ peacehote. Histórico en esencia y con unas vistas inmejorables del 'skyline'.

  • Dónde comer

    1221: Yan An road West 1221. Antigua Casa transformada en un espacio moderno para degustar comida local. Din Tai Fung: Xintiandi Outlet, 2º planta. www.dintaifung.com.tw. Sus deliciosas xiao long bao (empanadillas chinas) son populares en toda la ciudad. Legend Taste: Kangding Road 1025. Pequeño restaurante de comida yunnanesa alejado de toda extravagancia.

  • Shangai de noche

    Constelation: Xinle road, 96. Para las noches de verano, su exclusivo Moscow Mule es el mejor remedio. Velvet Lounge: Julu Road 913. www.velvetlounge.com.cn. Concurrido club en el barrio con más encanto de la ciudad.

  • Cómo llegar

    Desde España no hay ninguna compañía que tenga vuelo directo a Shanghai. La mayoría de las escalas se hacen en París, Londres, Amsterdam, Franfurt y Moscú. Una vez haya llegado al Aeropuerto Internacional de Pudong, existen muchas opciones para recorrer los 50 kilómetros que lo separan del centro de la ciudad. La más utilizada es el Maglev (Tren de Levitación Magnética), que alcanza los 431 kilómetros por hora y conecta con el distrito financiero en solo ocho minutos (el precio por trayecto es de RMB 50). También existe la posibilidad de coger el autobús, el metro o el siempre recurrente taxi.

  • Webs de interés

    www.shangahai.gov.cn / www.shmetro.com

La terminal de un aeropuerto nunca es extraña para el viajero. Tiene la sensación de haber estado allí antes. PVG, código de la IATA para denominar al vanguardista Aeropuerto Internacional de Pudong en Shanghai, es el prólogo de la ciudad que se encuentra a 30 kilómetros al oeste. Para recorrer esa incómoda distancia se diseñó el Maglev (Tren de Levitación Magnética), que cubre el trayecto en 8 minutos, a más de 400 km/h. El efímero tránsito sirve para derribar prejuicios y dejarse seducir por lo que ven los ojos y no por lo que han leído.

En la estación de Longyang se amontonan los conductores locales que se ofrecen a llevar al viajero que no sabe si se ha apeado de un tren o de un avión que volaba excesivamente bajo. No hace falta entender lo que dicen estos buscavidas para saber que ven al turista como una presa fácil. De esta manera, tomar un taxi se convierte en el medio de transporte más seguro para alcanzar el centro de la ciudad. El habla pausada, el tono alto y claro y la mímica son los pilares de la gramática de la lengua de los nómadas. Parece que el taxista intuye el destino. Todavía no se sabe que los chinos dicen dui (sí) a todo. 

Un Wolkswagen Santana, conducido temerariamente, cruza el puente Nanpu sobre el río Huangpu, que une la zona de Pudong (orilla oriental) con Puxi (orilla occidental). Al norte se adivinan los rascacielos de la zona financiera de Lujiazui, La Perla de Oriente, la Torre Jin Mao y el SWFC (Shanghai World Financial Center). Al sur el pabellón de China tiñe de rojo un gran recinto que albergó la Exposición Universal de 2010. En el horizonte un entramado de grandes avenidas, calles arboladas y carreteras elevadas se retuercen entre altísimos bloques de apartamentos que miran con desdén a las destartaladas y viejas viviendas de ladrillo de dos alturas. Se perfila el contorno de esta urbe con reminiscencia de la ficticia ciudad de Gotham. Poco a poco, el taxi se adentra en una jungla de hormigón. 

La exigua carrera que se paga es una tentación para no caminar. Sin embargo, no existe un rumor más cierto que aquel que dice que una ciudad se descubre andando. Llama la atención la vida tan animada que hay en la calle a todas horas del día. No es extraño ver grupos de hombres entorno a un tablero jugando al 'mahjong', mujeres haciendo ejercicio, ciclistas copando la carretera, vendedores ambulantes descansando sobre su remolque, parejas vestidas con pijama paseando a su mascota y gente fumando viendo pasar el tiempo. Pequeños y grandes comercios, en la mayoría de los casos regentados por una familia, se suceden: peluquerías, ferreterías, zapaterías, restaurantes, fruterías y otros difíciles de catalogar, que a su vez, constituyen su vivienda. Así es el Shanghai que hay detrás de los centros comerciales que amenazan con un 'malls' boom'. 

Dirigidos como una filarmónica, un ejército de obreros descuidadamente uniformados, pero equipados con bulldozers, destruyen cada día un trozo de la historia de Shanghai. Poco queda ya de aquella aldea de pescadores que floreció tras la firma del Tratado de Nanjing de 1843, el cual dictó que el Emperador debía ceder el puerto de Shanghai y de Hong Kong a los británicos. La orilla occidental del río Huangpu se pobló de ingleses, franceses y estadounidenses. Dividieron la ciudad en concesiones y pronto se convirtió en el principal puerto y plaza financiera de toda Asia. Hasta Shanghai peregrinaron maleantes, aventureros, emprendedores y vagabundos.

Un pasado peculiar

Prosperaron negocios al margen de la ley; casinos, casas de apuestas, prostíbulos y fumaderos de opio, forjando la leyenda de lo que se conoció como la 'Puta de Oriente'. En el Bund, paseo que discurre paralelo al curso del río Huangpu (orilla occidental), se levantaron bellos edificios, paradigma de la arquitectura moderna, entre los años 1873 y 1937, como La Casa de Aduana (1927), el Shanghai Club (1911) y el Peace Hotel (1928). Los más de cincuenta edificios que se concentran en la majestuosa Zhongshan Lu (El Bund) son un reflejo de la comunión entre Oriente y Occidente. Los años dorados de la ciudad de Shanghai terminaron con la ocupación japonesa en el año 1941. En 1949 con la llegada de las tropas comunistas comenzaron las expropiaciones y los saqueos de los edificios que hoy son Patrimonio Nacional. 

Mientras los europeos y norteamericanos disfrutaron de la promiscua Shanghai, la población china se hacinó dentro de un recinto amurallado, donde la vida era miserable. Tenían prohibida la entrada a las concesiones internacionales y vivían al margen, marginados en su propio país. En la actualidad, este lugar es muy atractivo para el turismo. Dentro de los límites de la antigua muralla se encuentra el Jardín de Yu. El diseño de un jardín representa el concepto taoísta del equilibrio entre el hombre y la naturaleza, un óleo en tres dimensiones, además de personificar el mundo en miniatura. Muy cerca está el Shanghai Old Street, un lugar copado por tiendas muy diversas, con vendedores muy insistentes que asaltan al visitante en cada esquina y franquicias internacionales conocidas por todos. Extramuros está el Mercado de las Flores y de los Pájaros. Los chinos son grandes amantes de los animales. En los días soleados el amo orgulloso pasea portando una bonita jaula de madera en la que descansa su pájaro, otros prefieren presumir del canto o de la fiereza de su grillo, del mismo modo, los hay que visten a su perro para cargar con él como si fuera un bebe.

Una gran parte de la población se levanta cada mañana ajena al desarrollo y al significado que tiene su país en el mercado internacional. Son las personas que habitan en desvencijados edificios, de fachadas decoradas con cañas de bambú en las que se tiende la ropa. En la cesta de su bicicleta Forever o Fénix, marcas locales, se pueden ver las verduras, los brotes de soja, la fruta y los tallarines que forman la dieta de su alimentación. Se entretienen viendo la televisión y conversando, a veces gritando, con el vecino. Es una vida sencilla, en lugares que no aparecen en los mapas que acotan los límites de una ciudad. 

En Shanghai todos los caminos dan a parar a La Plaza del Pueblo, el centro neurálgico de la ciudad. Una gran superficie, atravesada por Renmin Avenue, en la que se encuentra El Centro de Exhibición de Planificación Urbana, el Gran Teatro, el Museo de Arte, única estructura que queda en pie del antiguo hipódromo que levantaron los ingleses, y el Museo de Shanghai. A su alrededor se levantan grandes construcciones dedicadas al ocio y a las compras. Desde aquí se coge Nanjing Dong Lu, la calle comercial peatonal más larga del mundo, con más de un kilómetro de largo, en dirección al este. Las luces de neón iluminan este homenaje al consumismo, dejando entrever el epílogo. Se cruza Zhongshan Lu (El Bund) y se alcanza un paseo a orillas del río Huangpu. Al otro lado, en Pudong, se presenta el skyline de Shanghai. Estilizados y futuristas rascacielos vestidos de cristal asombran a propios y extraños. La Perla de Oriente, sede de la Televisión (468 metros de altura), fue la primera en construirse en el año 1994 y es símbolo del despegue que ha experimentado la ciudad. Le acompañan la Torre Jin Mao (420 metros de altura) rematada con una pagoda, y el SWFC (494 metros de altura) conocido popularmente como el 'Abrebotellas'. Un servicio de Ferries une las orillas de Puxi y Pudong. 

En el año 1990 comenzaron las obras de mejora y acondicionamiento de la zona de Pudong. Hasta ese momento había sido una triste zona de almacenes y huertos encharcada y olvidada. Con el paso del tiempo se ha convertido en el centro financiero y comercial de China. Desde Binjiang Avenue se puede disfrutar de la vista de los edificios que salpican El Bund. Caprichos del destino han querido que el río Huangpu divida la ciudad en dos, donde la orilla occidental personifica el pasado y la orilla oriental representa el presente y el futuro. 

Deambulando el viajero siente que las autoridades municipales caminan en una dirección y una parte de la población en otra. La especulación inmobiliaria galopante amenaza con transformar la ciudad y hacerla perder su identidad. 

Un antiguo complejo de la industria textil se ha convertido en el lugar de trabajo y de residencia de consolidados y prometedores artistas chinos. Se encuentra en No.50 Moganshan Rd. y se conoce como M50. Los muros y las fachadas de las casas han adoptado la forma de un lienzo decorado con grafitis. Este oasis de color vive bajo el yugo de la industria del ladrillo. 

Con los 'shanghai ren' más preocupados de hacer negocios y el viajero ávido de descubrir los secretos de la ciudad, los días se van consumiendo. Los templos de Jing'an, Longhua y del Buda de Jade son excusas para descansar, las verdaderas oraciones tienen lugar en los mercados de falsificaciones (Metro Science Techonology Museum y en los alrededores de la parada de metro de West Nanjing Road). 

Torres de Babel

Parece que una visita no está completa si no se echa un ojo a estas galerías de puestos que exponen los productos de famosas marcas made in China a precios más bajos. El regateo se impone a la hora de pagar, el idioma no es un problema en estas torres de Babel en la que los jóvenes vendedores bombardean con palabras al posible comprador, 'look, look', 'watches, bags, scarfs', 'amigo, barato para ti'. El turista deposita su botín en el interior de una bolsa de plástico de color negro que pasea sonriente por la ciudad. Siente que el hambre se ha instalado en su estómago. 

El olor de tofu frito no hace justicia a la excelsa gastronomía china. Puestos de comida y restaurantes se multiplican en las calles. Son muchas las personas que se ven haciendo cola para comprar dim sums (raviolis), tallarines recién hechos, brochetas de cordero que venden los uigures (etnia china de origen musulmán) y bebidas varias. Se come a todas horas y en cualquier parte. La destreza a la hora de usar los palillos es clave para disfrutar y saborear la cocina china. En los restaurantes locales las comidas se celebran en torno a una mesa con una gran plataforma circular sobre las que se depositan los platos. Se hace girar y cada comensal va cogiendo el bocado que más le apetece. El vino y la cerveza se consumen como si mañana se fuese acabar el mundo. Las sobras se depositan en un recipiente de cartón y se llevan a casa. 

Mientras se intenta meter todo lo que se trajo más lo que se ha comprado en la misma maleta, se tiene la sensación de que el regreso es prematuro. Lugares subrayados en la guía han quedado por visitar, sin embargo, se han descubierto otros que no se esperaban encontrar. Un taxi, esta vez, un Wolkswagen Touran, con el lema en la puerta de la Expo, 'Better city, better life', sale de las extrañas de la jungla de hormigón con destino a la estación de Longyang. Con otros ojos se mira a través de la ventana del Maglev que vuela hacia al aeropuerto.

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